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Las paredes de adobe, las mesas
largas y las bancas de madera eran
el escenario perfecto para su cocina
tradicional.
En la casa marcada con el número
siete de la calle Matamoros,
Chona era una mujer de mirada
peculiar, que rara vez levantaba la
vista. Sin embargo, su presencia y
su cocina tradicional hacían que
todos se sintieran bienvenidos en
su hogar-restaurant. Su hija Isabel
(Chavela) era su compañera
inseparable en el emprendimiento.
Chona creó un espacio acogedor
donde la gente se reunía para
disfrutar de sus deliciosos platillos.
Los precios eran accesibles: 20
centavos por una tostada, 10 y 20
centavos por un jarro de atole, 25
centavos por buñuelos con
piloncillo y 35 centavos por
buñuelos de sal con frijoles y mole.

